18.3.07

¿Dios existe?

Históricamente los filósofos y teólogos de todo el mundo han tratado de demostrar la existencia o la no existencia de Dios, o de un ser superior que todo lo ve y todo lo puede. Son diversas las teorías al respecto y para todos los gustos. Sucede además la particularidad de que todo el mundo tiene una opinión al respecto, muchos creen y muchos no, pero todos creen tener una idea acertada sobre el tema. Pero he aquí que yo, a la tierna edad de ocho años, hice mi más sorprendente y clarificador descubrimiento en esta cuestión. Comprobé empíricamente que Dios no existe. Y nada de utilizar complicados razonamientos que demuestren que lo que pudiera decir sea cierto o no. Mucho más sencillo.

Ocurrió en 1986. El Atlético de Madrid había llegado a la final de un torneo continental, la Recopa de Europa, en la que tenía que enfrentarse al por entonces poderosísimo Dinamo de Kiev en la francesa ciudad de Lyon. En mi casa estábamos todos muy ilusionados con la ocasión, teniendo en cuenta además que, siendo conocedores de la naturaleza del equipo madrileño, pocas ocasiones como aquella íbamos a volver a vivir. Bueno, en este aspecto yo no andaba tan seguro dado que, como ya he comentado, era tan sólo un tierno infante y no era aún demasiado experto en lo que es la historia e idiosincrasia de tan singular club. Así pues, el encuentro dio comienzo y pronto empezó a comprobarse que no era la tarde del Atlético o que sí lo era del equipo soviético. O ambas cosas. Lo que podíamos ver era lo que bien podía definirse como un repaso en toda regla, el equipo de Kiev manejaba a su antojo al madrileño, que vio cómo podía caerle lo que coloquialmente se conoce como "la del pulpo".

Al llegar el tiempo de descanso y viendo el espectáculo, siendo sabedor de que Dios está en todas partes, me encerré en el cuarto de baño para tratar de comunicarme con él. Le pedí, desde lo más profundo de mi corazón, que el Atlético de Madrid saliera campeón de la Recopa esa tarde. A priori, un favor sencillo para un ser que todo lo puede. Porque si se es omnipotente puede hacerse, incluso, que el Atleti gane algo, ¿no? Así que regresé al salón, donde mi familia aguardaba expectante al comienzo de la segunda parte con la esperanza de que cambiara en algo la situación en Lyon. Yo, por mi parte, mantuve un sepulcral silencio acerca de lo que acababa de hacer, sabedor de que Dios iba a obrar el milagro pero sin querer estropearles la sorpresa, como el padre que en la noche de Reyes no quiere romper la ilusión de su hijo o hija. Y comenzó la segunda parte. El Dinamo de Kiev seguía demostrando una insultante superioridad, practicaban un juego mecánico, como si fueran robots, sabiendo perfectamente lo que debía hacer cada uno en cada momento. Los comentarios a mi alrededor eran desalentadores, mientras yo seguía guardando silencio acerca del sorprendente final que se avecinaba.

El (¿sorprendente?) final fue una victoria para el cuadro ruso por 3-0, aunque pudieron ser bastantes más. Una vez que el árbitro decidió dar por terminada la final irrumpí en un inconsolable llanto que sorprendió a mis familiares. Y fue entonces cuando, entre lágrimas, les hice partícipes de la revelación que acababa de tener. "Dios no existe porque le he pedido que el Atleti ganara el partido y no lo ha hecho". No podía ser, era imposible. Le había pedido de manera sincera una victoria rojiblanca, y no sólo no sucedió eso, sino que cayó humillado a manos del cuadro soviético. La cosa estaba clara: Dios no existe. O eso, o que es madridista, que sería mucho peor.

3 comentarios:

  1. A lo mejor los niños de Kiev también rezaron en el aseo de su casa, y por democracia, les tocaba a ellos...

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  2. A saber si el dios de Kiev es el mismo que el de aquí. Si es distinto, es evidente que tiene más poder que el nuestro. ¡Que ya es tener! Y si es el mismo, pues tomaría la solución a cara o cruz.

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  3. Es que a los seguidores del atleti les toca la lección más dura, incluso siendo niños teneis que aprender que hay otros equipos que se lo merecen más.....debe ser problemas de Karma.

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